La inteligencia no es necesaria para ser feliz
La inteligencia no es suficiente para ser feliz
Pero condición necesaria y suficiente de inteligencia es ser feliz
(A mi hijo Carlos, que va para profesor de matemáticas)
domingo, 25 de abril de 2010
viernes, 23 de abril de 2010
... pero una palabra tuya bastará para sanarnos
Poco antes de la comunión, después de rezar en comunidad el Padre nuestro y ofrecernos mutuamente la paz (no solo a los presentes), tras la fracción del Pan y reconociendo en él al Cordero de Dios, desde hace ya poco más de un año, a la invocación respondo: "No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarnos"
Un pequeño cambio del que nadie se percata (creo que ni siquiera mi chica; ya veréis cuando lea esto) porque no pretendo alterar la liturgia, rica en simbolismo y significado.
Pero fue un impulso grande ese primer día, ya os digo hace poco más de un año. Vivir en la fe (¡ay!) no quita de caer cuanto menos en la tentación del desconsuelo, de creerte solo, abandonado de los tuyos; y sientes como si el velo de tu casa se rasgase desde lo alto hasta tu propio infierno.
En los primeros tiempos de nuestra fe (como hasta hace bien poco en nuestra sociedad) el patriarca de la familia la gobernaba toda ella. Ese "todo ella" realmente era así: no solo la hacienda sino la esposa y los hijos y sus bienes. Hacer y deshacer, atar y desatar.
Lo evoco, aunque nada añorante de "viejos tiempos", sí para compartiros y alcancéis la paz que me infundió recitarlo así: ”... pero una palabra tuya bastará para sanarnos"
De nada me servía estar allí, celebrando la eucaristía, con la comunidad, incluso con mi mujer... si mis hijos estaban distantes de mí y yo distante de ellos.
De alguna manera, ¡doy gracias a Dios!, conseguí dejar allí -momentáneamente- mi ofrenda y acudir donde ellos; y darles la paz en un abrazo paterno. Al regresar al Padre, tras así reconciliarme con mis hijos, ya pude reanudar la ofrenda sabiéndonos sanados.
Porque los padres, como antaño, podemos -y debemos- bautizarnos nosotros y toda nuestra casa (p. ej. Hc 10, 4). Porque podemos -y debemos- rezar por nosotros y por todos los de nuestra casa. Porque debemos procurar nuestra sanación y la de toda nuestra casa.
Un pequeño cambio del que nadie se percata (creo que ni siquiera mi chica; ya veréis cuando lea esto) porque no pretendo alterar la liturgia, rica en simbolismo y significado.
Pero fue un impulso grande ese primer día, ya os digo hace poco más de un año. Vivir en la fe (¡ay!) no quita de caer cuanto menos en la tentación del desconsuelo, de creerte solo, abandonado de los tuyos; y sientes como si el velo de tu casa se rasgase desde lo alto hasta tu propio infierno.
En los primeros tiempos de nuestra fe (como hasta hace bien poco en nuestra sociedad) el patriarca de la familia la gobernaba toda ella. Ese "todo ella" realmente era así: no solo la hacienda sino la esposa y los hijos y sus bienes. Hacer y deshacer, atar y desatar.
Lo evoco, aunque nada añorante de "viejos tiempos", sí para compartiros y alcancéis la paz que me infundió recitarlo así: ”... pero una palabra tuya bastará para sanarnos"
De nada me servía estar allí, celebrando la eucaristía, con la comunidad, incluso con mi mujer... si mis hijos estaban distantes de mí y yo distante de ellos.
De alguna manera, ¡doy gracias a Dios!, conseguí dejar allí -momentáneamente- mi ofrenda y acudir donde ellos; y darles la paz en un abrazo paterno. Al regresar al Padre, tras así reconciliarme con mis hijos, ya pude reanudar la ofrenda sabiéndonos sanados.
Porque los padres, como antaño, podemos -y debemos- bautizarnos nosotros y toda nuestra casa (p. ej. Hc 10, 4). Porque podemos -y debemos- rezar por nosotros y por todos los de nuestra casa. Porque debemos procurar nuestra sanación y la de toda nuestra casa.
martes, 20 de abril de 2010
Memoria del velo
Recuerdo una anécdota que me contara mi madre referida al tema del velo. Acababa de fallecer mi abuelo materno (a quién le debo mi nombre) y ella, fiel a la “tradición de su pueblo”, vistióse de negro de pies a cabeza.
Mi madre fue siempre (y pese a la edad y lo vivido, es) de complexión trabajadora y mente subyugada. Tuvo necesidad de acudir donde trabajaba mi padre. Llegada allí, el encargado se dirigió a mi padre con esta misiva: “tu madre está a la entrada y pregunta por ti”
Pues el luto, verdaderamente, vestía de vejez –y muerte– a la persona.
Mucho más recientemente (otra anécdota), acompañé a una monjita a cierto recado en la ciudad. Circulando por una avenida principal, al ver a una –presumible– mahometana, me dice: “No sé porqué tienen que cubrir su cabeza y vestir así”. Verdaderamente, de nuevo, quedé asombrado de aquella exclamación; y repliqué: “igual que vosotras, ¿no?” Pero ella, muy decidida, añadió: “¡No… nosotras lo hacemos por fe!”
Quede claro (y no precisamente entre paréntesis) que esto lo digo porque solo se destruye aquello que se odia o se teme; llegado el caso, se critica lo que se ama y respeta.
Y os estoy hablando de mi madre y de mis hermanitas.
Pero esto del velo, ¿acaso pretendemos ocultar tras él la vergüenza por nuestros hijos que muestran sin mayor apocamiento sus calzoncillos de “marca” frente a adolescentes que resguardan con él -el velo- su íntimo fervor? ¿Por qué en este caso debemos suponer imposición… mayor que la que supusimos en el velo con los que “enterrábamos a nuestros muertos”?
¿Pretendemos rasgar velos a la belleza externa… y poner remiendos de buen paño y oro fino a la inmundicia que sale de nuestro interior?
Los sentimientos, aprendí en pareja en un bien hallado Encuentro, no son ni buenos ni malos. Calificamos como tales los actos cometidos a raíz de ellos.
Los velos solo ocultan o resaltan (una vez más la ley del péndulo) nuestra belleza.
Juzgarla si buena o mala… ¡va más allá de nuestra competencia!
Pues ella, mi competencia, debiera quedarse en lo que siento, en lo que amo.
Mi madre fue siempre (y pese a la edad y lo vivido, es) de complexión trabajadora y mente subyugada. Tuvo necesidad de acudir donde trabajaba mi padre. Llegada allí, el encargado se dirigió a mi padre con esta misiva: “tu madre está a la entrada y pregunta por ti”
Pues el luto, verdaderamente, vestía de vejez –y muerte– a la persona.
Mucho más recientemente (otra anécdota), acompañé a una monjita a cierto recado en la ciudad. Circulando por una avenida principal, al ver a una –presumible– mahometana, me dice: “No sé porqué tienen que cubrir su cabeza y vestir así”. Verdaderamente, de nuevo, quedé asombrado de aquella exclamación; y repliqué: “igual que vosotras, ¿no?” Pero ella, muy decidida, añadió: “¡No… nosotras lo hacemos por fe!”
Quede claro (y no precisamente entre paréntesis) que esto lo digo porque solo se destruye aquello que se odia o se teme; llegado el caso, se critica lo que se ama y respeta.
Y os estoy hablando de mi madre y de mis hermanitas.
Pero esto del velo, ¿acaso pretendemos ocultar tras él la vergüenza por nuestros hijos que muestran sin mayor apocamiento sus calzoncillos de “marca” frente a adolescentes que resguardan con él -el velo- su íntimo fervor? ¿Por qué en este caso debemos suponer imposición… mayor que la que supusimos en el velo con los que “enterrábamos a nuestros muertos”?
¿Pretendemos rasgar velos a la belleza externa… y poner remiendos de buen paño y oro fino a la inmundicia que sale de nuestro interior?
Los sentimientos, aprendí en pareja en un bien hallado Encuentro, no son ni buenos ni malos. Calificamos como tales los actos cometidos a raíz de ellos.
Los velos solo ocultan o resaltan (una vez más la ley del péndulo) nuestra belleza.
Juzgarla si buena o mala… ¡va más allá de nuestra competencia!
Pues ella, mi competencia, debiera quedarse en lo que siento, en lo que amo.
lunes, 19 de abril de 2010
¿Qué pretendo?
¿Qué pretendo?
Compartir con vosotros mil ideas, un millón de pensamientos que pasan fugaces por mi mente.
Sé que los pone El.
No sé porqué de ellos sólo alguno apenas recuerdo.
Me castigo repitiéndome que es mi vanidad de querer lucirme con ellos.
No es lo mismo sentir que compartir.
El mismísimo Pedro sintió que su Maestro era el Cristo de Dios... pero no pudo compartirlo -en ese momento-.
Pues aún no alcanzaba a amar con un Amor Verdadero
No es lo mismo ofrecer que dar; que entregarte.
Si supieráis qué bellos pensamientos, si pudiera... si de verdad quisiera comparirlos.
Y deciros: ¡Así me ama! ¡Así os amo!
¡Ay, lo que predendo!
Enlace: Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder AMAR
Pd. Quiero aprovechar esta entrada para pedir disculpas (por adelanto y temo que también con atraso)
En mi ansia de amistad, transgredo la frontera de la correción harto impetuosamente.
Muy pronto se lanza mi corazón en llamaros mis hermanos, mis amigos, con una familiaridad que aún no me habéis otorgado. En Él siento que lo puedo hacer; en vosotros debo esperar vuestro consentimiento
Pero tendré paciencia... ¡somos hemanos en el Amigo!
Compartir con vosotros mil ideas, un millón de pensamientos que pasan fugaces por mi mente.
Sé que los pone El.
No sé porqué de ellos sólo alguno apenas recuerdo.
Me castigo repitiéndome que es mi vanidad de querer lucirme con ellos.
No es lo mismo sentir que compartir.
El mismísimo Pedro sintió que su Maestro era el Cristo de Dios... pero no pudo compartirlo -en ese momento-.
Pues aún no alcanzaba a amar con un Amor Verdadero
No es lo mismo ofrecer que dar; que entregarte.
Si supieráis qué bellos pensamientos, si pudiera... si de verdad quisiera comparirlos.
Y deciros: ¡Así me ama! ¡Así os amo!
¡Ay, lo que predendo!
Enlace: Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder AMAR
Pd. Quiero aprovechar esta entrada para pedir disculpas (por adelanto y temo que también con atraso)
En mi ansia de amistad, transgredo la frontera de la correción harto impetuosamente.
Muy pronto se lanza mi corazón en llamaros mis hermanos, mis amigos, con una familiaridad que aún no me habéis otorgado. En Él siento que lo puedo hacer; en vosotros debo esperar vuestro consentimiento
Pero tendré paciencia... ¡somos hemanos en el Amigo!
jueves, 15 de abril de 2010
¡Me amas!
Simón.
Un pescador rudo, decidido, tremendamente impulsivo; de fuertes sentimientos. De instantáneas decisiones y, más espontáneas aun, acciones.
Hombre.
Fiel refejo del hombre normal, vulgar, "nada santo". Debió ceder hasta con el "más aborto" de los apóstoles; porque hay últimos que son como primeros. Le costó aprender; sobre todo a serlo, de hombres.
Pedro.
Intuitivo como ningún otro: reconoció al Cristo de Dios. Realista como cualquier otro: necesitaba sobre todo de Juan para reconocer al Resucitado.
Simón Pedro.
¡Qué amargo debió serte confesar a tus amigos: "por tres veces le he negado; yo, que tánto le he amado"!
¡Qué amargo debió serte confesar a tus amigos: "por tres veces me ha preguntado; yo, que tánto lo he llorado"!
Piedra; buena y necesaria primera piedra terrena. Porque de sus papas aprenden los que son como niños a amar.
Hombre que reconociste el Amor descubriendo primero tu total falta de amor Verdadero.
Pero tu intuición te llevó a la perfección.
Gracias por ser esa roca donde cimentar nuestra esperanza.
Tú que hablaste con el Resucitado; y al que, sin que me quepa ninguna duda, Te dijera:
"Ahora sí; ahora... ya sabes que ¡me amas!"
Un pescador rudo, decidido, tremendamente impulsivo; de fuertes sentimientos. De instantáneas decisiones y, más espontáneas aun, acciones.
Hombre.
Fiel refejo del hombre normal, vulgar, "nada santo". Debió ceder hasta con el "más aborto" de los apóstoles; porque hay últimos que son como primeros. Le costó aprender; sobre todo a serlo, de hombres.
Pedro.
Intuitivo como ningún otro: reconoció al Cristo de Dios. Realista como cualquier otro: necesitaba sobre todo de Juan para reconocer al Resucitado.
Simón Pedro.
¡Qué amargo debió serte confesar a tus amigos: "por tres veces le he negado; yo, que tánto le he amado"!
¡Qué amargo debió serte confesar a tus amigos: "por tres veces me ha preguntado; yo, que tánto lo he llorado"!
Piedra; buena y necesaria primera piedra terrena. Porque de sus papas aprenden los que son como niños a amar.
Hombre que reconociste el Amor descubriendo primero tu total falta de amor Verdadero.
Pero tu intuición te llevó a la perfección.
Gracias por ser esa roca donde cimentar nuestra esperanza.
Tú que hablaste con el Resucitado; y al que, sin que me quepa ninguna duda, Te dijera:
"Ahora sí; ahora... ya sabes que ¡me amas!"
martes, 13 de abril de 2010
Uno a uno, van arrojando sus piedras
(Recuérdese -mejor léase- Juan 8, 1-11)
Uno a uno pretenden arrojar sus piedra, empezando por los más viejos. Piedras de hipocresía, doble moralidad, apariencia... pesadas e hirientes piedras sobre una niña.
No digo que esté libre de culpa, aunque para asombro de psicólogos y afines, ella para nada se siente culpable.
Digo que es fruto, malogrado fruto, de nosotros sus mayores.
Sobre nosotros deberíamos arrojar esas piedras.
Si no enseñamos punidad, nuestros niños crecen creyéndose impunes. Si no enseñamos a valorar, crecen sin a nada dar valor; ni siquiera a la vida. No se trata de volver al "imperio de lo prohivitivo". Se trata de enseñarles "que no todo aprovecha".
Si hacemos oidos sordos cuando se gritan incluso para pedirse algo (un cigarro, que "rule la litrona"); si miramos hacia otra parte cuando se ven sólo para emborracharse; si estamos tan ocupados ganando dinero (¿para ellos?) que nos obliga a despreocupamos de compartir con ellos algun sentimiento...
¡Es más fácil recoger piedras y levantar muros de incompresión y, peor, de evasión; piedras que arrojar sobre nuestro fracaso, sobre nuestra culpa, tapándola, ocultándola!
Poco importa que la niña ya esté juzgada y condenada por nosotros, sus mayores .
Poco importa si salvamos nuestra... ¡¡¡¿nuestra qué?!!!
Y mientras tanto, el orden legistalivo y gubernamental habla de modificar la ley del menor.
Y mientras tanto, el orden judicial para nada habla de establecer responsabilidades de los que somos responsables (al menos por edad)
Y mientras tanto, el orden episcopal (mi amada Madre Iglesia -dicho sin ninguna ironía, pero con toda la pena-) nada consuela ni fortalece a estos nuestros engendrados "abortos" que también son hijos de Abraham.
Pd. Aunque me refiero en general al cáncer que nos está devorando, la incultura, esta entrada puntualiza el caso de la niña de Seseña (Toledo)
Uno a uno pretenden arrojar sus piedra, empezando por los más viejos. Piedras de hipocresía, doble moralidad, apariencia... pesadas e hirientes piedras sobre una niña.
No digo que esté libre de culpa, aunque para asombro de psicólogos y afines, ella para nada se siente culpable.
Digo que es fruto, malogrado fruto, de nosotros sus mayores.
Sobre nosotros deberíamos arrojar esas piedras.
Si no enseñamos punidad, nuestros niños crecen creyéndose impunes. Si no enseñamos a valorar, crecen sin a nada dar valor; ni siquiera a la vida. No se trata de volver al "imperio de lo prohivitivo". Se trata de enseñarles "que no todo aprovecha".
Si hacemos oidos sordos cuando se gritan incluso para pedirse algo (un cigarro, que "rule la litrona"); si miramos hacia otra parte cuando se ven sólo para emborracharse; si estamos tan ocupados ganando dinero (¿para ellos?) que nos obliga a despreocupamos de compartir con ellos algun sentimiento...
¡Es más fácil recoger piedras y levantar muros de incompresión y, peor, de evasión; piedras que arrojar sobre nuestro fracaso, sobre nuestra culpa, tapándola, ocultándola!
Poco importa que la niña ya esté juzgada y condenada por nosotros, sus mayores .
Poco importa si salvamos nuestra... ¡¡¡¿nuestra qué?!!!
Y mientras tanto, el orden legistalivo y gubernamental habla de modificar la ley del menor.
Y mientras tanto, el orden judicial para nada habla de establecer responsabilidades de los que somos responsables (al menos por edad)
Y mientras tanto, el orden episcopal (mi amada Madre Iglesia -dicho sin ninguna ironía, pero con toda la pena-) nada consuela ni fortalece a estos nuestros engendrados "abortos" que también son hijos de Abraham.
Pd. Aunque me refiero en general al cáncer que nos está devorando, la incultura, esta entrada puntualiza el caso de la niña de Seseña (Toledo)
martes, 6 de abril de 2010
Camino de Pentecostés
La humana voz finalmente siempre acaba callando ante la muerte. Incluso la Pascua, Viernes de Dolor, impone su silencio al Redentor
Mas hoy, primer día de la semana, algunas fibras de mi ser, las más atrevidas y valientes, quieren proclamar Su Resurrección. Pero mi razón exige pruebas; y peor aún, el corazón solo sabe repetir "¿será verdad... será Verdad...?"
La Palabra, siempre Eterna, siempre Diferente, ha calado honda en mi alma esta Semana Santa.
Sigo sin comprender el misterio de la cruz: porqué tanto dolor. Entiendo que sin sacrificio no hay perfección; pero, ¿por qué es necesario tanto dolor?
La Palabra siempre consuela, aunque sea ella misma quien más esté sufriendo. No me importa seguir sin entender este misterio. ¡Sería el sabio más desgraciado del universo...! si entendiera éste y no recayera siquiera en el más importante: ¿Quién soy yo para que tánto me ames?, ¡para que tánto desees cenar conmigo! Para que me cojas de la mano y me conduzcas, pie enjuto, a través del abismo, borrando mi temor, al infinito valle de tu Amor, a la Tierra Prometida
Os quiero compartir en esta entrada el gozo que me produjo esta Pascua las lecturas de la Vigilia. Y revivirlas, pues aun no soy consciente de su plenitud; solo barrunto su significado
Veréis: nunca me impresionó demasiado la pasión de nuestro Señor. Me explico: la capacidad del hombre para torturar a su prójimo, para hacer sufrir a su hermano, no parece tener límites; y su "imaginación" desgraciadamente, deja pequeña incluso la crucifixión. Ya sé que El coge y acoje todos nuestros defectos sobre Sí; pero aun así, nunca arrancó de mí mayor com-pasión; ni mucho menos, desear sufrir con El.
No lograba entender que El lograse Vida para mí, muriendo. (En una cruz y tan salvajemente, era "lo de menos")
No; yo siempre desee cenar con El (Vivir con El)
Y de alguna manera, en esta Pascua Sacerdotal, me ha reafirmado que para esto ha venido al mundo
Para marcar con Su Sangre el dintel de mi ser; preparar para mí la Cena de la Pascua Definitiva y comerla conmigo y nuestros mis amigos. Para cogernos de la mano y cruzar ese mar tenebroso de no poder, de no querer, fiarnos sin más del Padre.
Otro cualquier hombre puede morir por mí, incluso perdonándome. Otro cualquier hombre puede dejarse torturar a cambio de un poco de sabiduría para mí. Muchos otros hombres sabrían conducirme hacia Dios Padre; aunque solo consiguieran que le llamase Dios... y no Padre, como El nos enseñó
Jesús, como ningún otro hombre cualquiera hubiese conseguido antes, se fió del Padre más allá de la razón (que suplicaba no beber de ese cáliz) y de su propio corazón (que preguntaba angustiado un porqué). En la cruz, clavó todos nuestros miedos, limitaciones, faltas de fe.
Como jamás ningún "otro Moisés" nos ha conducido de la mano al otro lado del abismo, "bajando" hasta nuestros infiernos, de ser preciso; arrancándonos de nosotros mismos - y clavándonos a El - si fuese necesario.
Al igual que la manzana, los ejércitos del faraón (a cuya costa, se cubre de gloria Dios) no son sino figura: ¿Qué gloria puede perseguir Dios Padre sino la de mostrar lo que ES, Amor Eterno en nosotros y para nosotros, logrando que venzamos en El toda nuestra limitación? Porque es la contemplación de nuestras limitaciones la principal causa de nuestra falta de fe
Extensa, demasiado, se torna esta entrada. Cincuenta días tengo para ir madurando que Cristo ha resucitado... y yo en El.
"Diez días más" que los que se me ofrecieron para "convertirme". Los necesitaré
Como Tomás: Canción de Tomás
Mas hoy, primer día de la semana, algunas fibras de mi ser, las más atrevidas y valientes, quieren proclamar Su Resurrección. Pero mi razón exige pruebas; y peor aún, el corazón solo sabe repetir "¿será verdad... será Verdad...?"
La Palabra, siempre Eterna, siempre Diferente, ha calado honda en mi alma esta Semana Santa.
Sigo sin comprender el misterio de la cruz: porqué tanto dolor. Entiendo que sin sacrificio no hay perfección; pero, ¿por qué es necesario tanto dolor?
La Palabra siempre consuela, aunque sea ella misma quien más esté sufriendo. No me importa seguir sin entender este misterio. ¡Sería el sabio más desgraciado del universo...! si entendiera éste y no recayera siquiera en el más importante: ¿Quién soy yo para que tánto me ames?, ¡para que tánto desees cenar conmigo! Para que me cojas de la mano y me conduzcas, pie enjuto, a través del abismo, borrando mi temor, al infinito valle de tu Amor, a la Tierra Prometida
Os quiero compartir en esta entrada el gozo que me produjo esta Pascua las lecturas de la Vigilia. Y revivirlas, pues aun no soy consciente de su plenitud; solo barrunto su significado
Veréis: nunca me impresionó demasiado la pasión de nuestro Señor. Me explico: la capacidad del hombre para torturar a su prójimo, para hacer sufrir a su hermano, no parece tener límites; y su "imaginación" desgraciadamente, deja pequeña incluso la crucifixión. Ya sé que El coge y acoje todos nuestros defectos sobre Sí; pero aun así, nunca arrancó de mí mayor com-pasión; ni mucho menos, desear sufrir con El.
No lograba entender que El lograse Vida para mí, muriendo. (En una cruz y tan salvajemente, era "lo de menos")
No; yo siempre desee cenar con El (Vivir con El)
Y de alguna manera, en esta Pascua Sacerdotal, me ha reafirmado que para esto ha venido al mundo
Para marcar con Su Sangre el dintel de mi ser; preparar para mí la Cena de la Pascua Definitiva y comerla conmigo y nuestros mis amigos. Para cogernos de la mano y cruzar ese mar tenebroso de no poder, de no querer, fiarnos sin más del Padre.
Otro cualquier hombre puede morir por mí, incluso perdonándome. Otro cualquier hombre puede dejarse torturar a cambio de un poco de sabiduría para mí. Muchos otros hombres sabrían conducirme hacia Dios Padre; aunque solo consiguieran que le llamase Dios... y no Padre, como El nos enseñó
Jesús, como ningún otro hombre cualquiera hubiese conseguido antes, se fió del Padre más allá de la razón (que suplicaba no beber de ese cáliz) y de su propio corazón (que preguntaba angustiado un porqué). En la cruz, clavó todos nuestros miedos, limitaciones, faltas de fe.
Como jamás ningún "otro Moisés" nos ha conducido de la mano al otro lado del abismo, "bajando" hasta nuestros infiernos, de ser preciso; arrancándonos de nosotros mismos - y clavándonos a El - si fuese necesario.
Al igual que la manzana, los ejércitos del faraón (a cuya costa, se cubre de gloria Dios) no son sino figura: ¿Qué gloria puede perseguir Dios Padre sino la de mostrar lo que ES, Amor Eterno en nosotros y para nosotros, logrando que venzamos en El toda nuestra limitación? Porque es la contemplación de nuestras limitaciones la principal causa de nuestra falta de fe
Extensa, demasiado, se torna esta entrada. Cincuenta días tengo para ir madurando que Cristo ha resucitado... y yo en El.
"Diez días más" que los que se me ofrecieron para "convertirme". Los necesitaré
Como Tomás: Canción de Tomás
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