Tiene veintiún años y es madre soltera.
Desde hace veintiún años, ser madre soltera ya no es la fingida y farisaica tragedia que, (¿por qué no declararlo ya?) hace apenas cuarenta cuando su madre la concibió de igual manera. Ya nadie te señala clavándote su mirada hipócrita como antaño; pero, desde siempre, tampoco nadie arrima una minúscula caricia de apoyo.
A veces piensa que está marcada con un estigma… como el de Caín… aunque no sabe bien ni cómo ni porqué. Cierto, solo sabe que su madre dio su vida por ella. Y por ello, la hacen morir a diario.
Apenas fueron veintiún segundos de una incierta placidez. No fueron de placer sino el gozo de querer sentirse amada. No mucho tiempo después descubrió que a él nunca le importó no poner alguna medida para evitar el embarazo. Mas no le culpa ni condena: ¿cómo puede condenarse a quien sólo sabe responder a su instinto? Pero duele, duele seguir queriendo sentirse amada…
Veintiún minutos eternos de ver su mirada perdida. Pero finalmente su abrazo, su firme y cálido abrazo mientras murmuraba “mi Mariquilla… mi Mariquilla…”
Casi veintiuna horas de parto, de dolorosa fe en que la criatura que venía traería, más que pan, esperanza: quizás el gozo de sentirse amada. Mucho después descubrió que al desamor no lo arranca otro amor; menos aun cuando es tan diferente…
Pasaron veintiún días hasta que se acostumbrara a la leche artificial. ¡Hasta esto los cielos la negaron! Veintiún días de yermo pecho… ella que durante el embarazo pensaba que con sus pechos, con los dos, supliría la ausencia de él y le daría todo el necesario amor. “Finalmente, aquí tienes su amor artificial” pensaba; pero nunca lo decía.
Más de veintiún meses angustiada porque no le comía. “¿Dónde iré, qué le daré…?” Mas la criatura crecía, crecía…
Veintiún años, soltera. Adora a su madre. Sin ella, bien lo sabe, no sería.
(Dedicado a mi madre y a mi chica; a todas las madres y, entre ellas, a vosotras dos)
(Dedicado a mi madre y a mi chica; a todas las madres y, entre ellas, a vosotras dos)